El nuevo Gobierno heredará en salud una de las mayores crisis de políticas públicas de las últimas décadas. Como todo problema complejo, esta crisis es consecuencia de múltiples factores, entre ellos una visión errada de la sanidad pública, que ha puesto el foco en el Estado y no en el paciente, anclada en una nostalgia por los grandes centros hospitalarios de los años 50, sin avanzar al ritmo del desarrollo tecnológico, administrativo y económico moderno.
A ello se suma el exceso de ideologización del actual Gobierno, cuyo objetivo fue avanzar hacia un monopolio estatal de la salud, relegando al sector privado al rol de seguros “de segundo piso”. La inconstitucional sentencia de la Tercera Sala de la Corte Suprema de 2022, junto con la falta de visión de Estado y liderazgo político, terminaron por agravar el problema.
Al asumir las nuevas autoridades de salud, cabe preguntarse: ¿vamos a enfrentar los problemas del sistema sanitario con un criterio estratégico y una visión multidisciplinaria, o vamos a seguir en lo mismo? Hoy tenemos millones de pacientes en listas de espera, miles de personas con patologías oncológicas no atendidas oportunamente, un Estado fallido cuya estructura orgánica no ha evolucionado con el desarrollo de Chile y graves deficiencias sanitarias.
Conviene recordar que hace algunas décadas Chile enfrentó una grave crisis de desnutrición infantil, la que fue abordada de manera integral gracias al liderazgo del Dr. Fernando Monckeberg Barros, en el marco de una auténtica visión de Estado. Esa experiencia demuestra que los problemas sanitarios complejos pueden resolverse cuando existe diagnóstico, liderazgo y voluntad política.
Cuando un enfermo está grave —como hoy lo está el sistema sanitario chileno— lo primero es realizar un diagnóstico certero y luego avanzar en soluciones graduales y sostenidas en el tiempo.
Un primer eje de acción es la modernización del propio Estado, con una visión estratégica y multidisciplinaria. No debemos confundir salud, entendida como ausencia de enfermedad, con medicina, que es el acto de sanar. Se requiere un ministro con una mirada macro, asesorado por un consejo multidisciplinario, una estructura orgánica moderna con vicepresidencias ejecutivas, hospitales con gerencias profesionales y directorios corporativos que integren a sus trabajadores, incorporen la variable productividad y permitan captar inversión privada mediante concesiones, inversión directa o beneficencia.
La digitalización de la ficha clínica interoperable, la incorporación efectiva de tecnología, un sistema electrónico de licencias médicas independiente y una reforma profunda al sistema de compras públicas —fuente relevante de ahorro fiscal— son desafíos urgentes. Asimismo, la formación de profesionales de la salud debe transformarse en una verdadera política de Estado, gestionada en conjunto con las Facultades de Medicina.
El gran legado del próximo Gobierno en salud debería ser una política social de educación y prevención sanitaria. Chile enfrenta graves problemas de obesidad infantil, que afecta al 42% de la población, además de alcoholismo, drogadicción juvenil, salud mental deficitaria y una precaria salud bucal. A ello se suman los desafíos del envejecimiento poblacional: para el año 2050, se estima que un 32% de los chilenos tendrá más de 60 años.
Programas orientados a la actividad deportiva, salud mental, educación nutricional, fortalecimiento de la medicina familiar y preparación para el envejecimiento deben ser pilares de un sistema sanitario moderno y un aporte real a la seguridad social. Cabe incluso preguntarse si un servicio social remunerado, como el existente en Israel, podría convertirse en una herramienta de educación sanitaria a gran escala.
El objetivo central de todo sistema de salud debe ser el paciente, garantizando acceso oportuno e igualitario a las prestaciones. Durante décadas, las políticas públicas han estado enfocadas en que sea el Estado quien monopolice la solución de los problemas de salud. Lo esencial es que el paciente pueda elegir libremente su seguro, público o privado, mejorando así la asignación de recursos.
El Estado debe concentrarse en financiar seguros orientados directamente al paciente. Mutualidades, cajas de previsión y seguros colectivos pueden contribuir de manera significativa a igualar el acceso a los servicios de salud. Un seguro universal catastrófico obligatorio es indispensable para enfrentar enfermedades de alto costo y fortalecer la protección social.
Soy escéptico respecto de que se produzca un cambio profundo, pues la salud —al igual que la justicia— es un sector donde confluyen múltiples intereses y poderosos gremios que suelen oponerse a los procesos de modernización. Basta observar lo que ocurre hoy en el sistema judicial.
Con todo, cabe esperar que las nuevas autoridades, con la ayuda de Dios, enfrenten la grave situación de la salud con un auténtico criterio de Estado, tal como lo hicieron en su tiempo figuras como Dr. Monckeberg, Lagos, Massad y Boeninger. Hoy, el expresidente Frei Ruiz-Tagle podría asumir un rol trascendente en la orientación de la salud hacia un verdadero programa social, con la participación de la primera dama y el respaldo de un equipo sólido, donde confluyan médicos de reconocida trayectoria —como los doctores Mañalich y Vio del Río— junto a liderazgos políticos como Pablo Longueira. Solo a través de una articulación amplia, técnica y generosa será posible avanzar de manera sustantiva en salud. Ojalá el Presidente Electo sepa escuchar este llamado.
Jaime Calderón Riveros
Ingeniero Comercial
Santiago, 28 de enero de 2026
