Jaime Calderón Riveros
Ingeniero Comercial (Fen U de Chile)
Hace algunas décadas Chile enfrentaba una crisis sanitaria dramática: la desnutrición infantil afectaba a gran parte de los niños y la esperanza de vida apenas superaba los 39 años. En ese contexto emergió la figura del doctor Fernando Monckeberg Barros, quien abordó el problema con una visión integral, basada en la prevención, la atención primaria y políticas públicas de largo plazo. Su legado demuestra que incluso los desafíos más complejos pueden resolverse cuando existe una mirada de Estado.
Hoy, el próximo Gobierno enfrenta uno de los mayores fracasos de las políticas públicas en salud. El exceso de ideologización, la permanencia en modelos superados y la incapacidad de incorporar avances en gestión, tecnología y economía moderna han debilitado gravemente al sistema. Volver a la experiencia de Monckeberg no es nostalgia, sino una guía para avanzar.
El primer paso es modernizar el propio Estado. La pandemia demostró que la colaboración entre el sector público y privado puede ser eficaz cuando existe liderazgo desde el Ministerio de Salud. Sin embargo, la estructura actual está obsoleta. Se requiere un ministerio con visión estratégica, consejo consultivo multidisciplinario, vicepresidencias ejecutivas por áreas, hospitales con directorios y gerencias profesionales, y avanzar decididamente en concesionar la red hospitalaria, como ocurre en numerosos países, permitiendo eficiencia y ahorro de recursos públicos.
Es igualmente urgente desarrollar una ficha clínica universal que integre toda la red pública y privada, modernizar el sistema de compras públicas —hoy con graves falencias—, contar con un sistema independiente de licencias médicas y abordar, junto a las Facultades de Medicina, la formación y capacitación de los profesionales de la salud. Sin una gestión moderna, cualquier reforma será insuficiente.
Un segundo eje esencial es orientar el sistema hacia el paciente y no hacia la burocracia. Permitir que las personas elijan libremente a su prestador es la base de una reforma real y mejora de forma natural la asignación de recursos. Avanzar hacia seguros sin preexistencias, con movilidad entre sistemas y reglas claras, es clave para legitimar el modelo y atraer inversión privada. Los subsidios, por su parte, deben seguir a las personas y no a las instituciones, garantizando acceso oportuno y equitativo.
El envejecimiento de la población —que llevará a que en 2050 un 32% de los chilenos tenga más de 60 años— obliga a transparentar coberturas, fortalecer seguros complementarios y explorar mecanismos como seguros colectivos administrados por cajas de previsión.
Finalmente, Chile necesita un gran plan nacional de educación y prevención sanitaria. Un “Sistema Nacional Educativo y de Prevención” permitiría enfrentar problemas críticos como la obesidad, que afecta al 42% de la población, junto al alcoholismo, la drogadicción, la salud mental y la salud bucal. El uso intensivo de tecnologías diagnósticas, la reactivación de programas deportivos y preventivos y el fortalecimiento de la atención primaria son elementos clave. Incluso cabe preguntarse si mecanismos innovadores, como un servicio militar social remunerado, cómo en Israel, podrían contribuir a este esfuerzo.
Chile ha logrado avances notables en múltiples áreas de su desarrollo. Es hora de que el sistema de salud esté a la altura de ese progreso y se transforme en una verdadera política de Estado, centrada en las personas, moderna en su gestión y sostenible en el tiempo.
Santiago, enero 5, 2026
