jueves, 1 de octubre de 2026

Inteligencia artificial en salud: prudencia antes que expectativas

Jaime Calderón Riveros
Ingeniero Comercial (Fen Universidad de Chile)
Santiago, octubre 1, 2026




En relación con la columna del Dr. Emilio Santelices este 1 de octubre hoy la inteligencia artificial es la “vedette” invitada de moda. Está presente en prácticamente todos los ámbitos y, naturalmente, uno de los campos donde genera mayores expectativas es la salud.

Pero precisamente por eso debemos ser cuidadosos.

La inteligencia artificial abre enormes posibilidades, pero no debemos confundir medicina con salud, ni tecnología con solución de los problemas sanitarios. La IA es una herramienta extraordinariamente potente, cuyo desarrollo y aplicación en medicina requiere del trabajo conjunto de ingenieros informáticos y médicos. Y ese trabajo debe avanzar aplicación por aplicación, evaluando sus resultados, sus riesgos y su verdadera utilidad.

Mi experiencia con la incorporación de nuevas tecnologías en medicina me ha enseñado que ninguna tecnología se incorpora simplemente porque existe o porque genera grandes expectativas.

Desde hace décadas he participado en la introducción de distintas tecnologías junto a médicos y universidades. Recuerdo, por ejemplo, la época del doctor Mauricio Wainer y la introducción del clavo auto compresivo de cadera, tecnología que continúa utilizándose hasta hoy.

También hubo enormes expectativas con los implantes parciales y totales para la reconstrucción del oído, y con el desarrollo de los bancos de huesos. Algunas tecnologías permanecieron y otras tuvieron destinos diferentes.

Algo similar ocurrió con el láser. Pasamos de enormes equipos a dispositivos cada vez más compactos, con accesorios que ampliaron sus aplicaciones. Se utilizó y se sigue utilizando en áreas como la retinopatía diabética y la cirugía refractiva, además de aplicaciones en cáncer de laringe, dermatología, melasma y manchas, patología vascular, entre muchas otras.

En algún momento existieron también grandes expectativas respecto de su utilización en tumores cerebrales. Sin embargo, apareció el aspirador ultrasónico y desplazó al láser de ese campo. La tecnología que parecía destinada a revolucionar una determinada aplicación terminó siendo reemplazada por otra.



La historia se repite.

El desarrollo de las tecnologías de imágenes cambió radicalmente el diagnóstico. La aparición de la endoscopía simplificó numerosas cirugías y modificó la forma de operar. Recuerdo que, en una oportunidad, un destacado cirujano que había viajado desde Punta Arenas me comentó que venía a aprender a operar de nuevo. La incorporación de la endoscopía significaba, en la práctica, adquirir nuevas habilidades y modificar procedimientos que hasta entonces parecían establecidos.

Más recientemente, la robótica ha continuado ese proceso, permitiendo mejorar y simplificar determinadas cirugías y, en algunas aplicaciones, reducir riesgos.

¿Por qué recordar todo esto cuando hablamos de inteligencia artificial?

Porque las nuevas tecnologías tienen un desarrollo. No son, por el solo hecho de existir, tecnologías que debamos aplicar inmediatamente en cualquier circunstancia. Deben demostrar su utilidad, integrarse a los procesos clínicos y ser evaluadas por quienes conocen tanto la tecnología como la medicina.

Y aquí aparece una pregunta particularmente relevante para Chile.

¿En qué condiciones estamos para incorporar masivamente inteligencia artificial al sistema de salud?

Tenemos hospitales públicos que todavía enfrentan problemas básicos de gestión. En muchos casos carecen de una estructura gerencial moderna y adecuada. Seguimos sin avanzar suficientemente en aspectos tan elementales como la interoperabilidad de la ficha clínica. Y tenemos infraestructura hospitalaria que no siempre se utiliza a plena capacidad.

Si todavía no hemos resuelto adecuadamente problemas básicos de información, gestión y utilización de nuestra infraestructura sanitaria, ¿cómo vamos a hablar seriamente de una transformación basada en inteligencia artificial?



No se trata de estar en contra de la IA. Todo lo contrario.

Es precisamente porque sus posibilidades son enormes que debemos abordarla con seriedad.

La inteligencia artificial puede ayudar a los médicos a procesar información, apoyar diagnósticos, analizar imágenes, identificar patrones, mejorar procesos administrativos y desarrollar nuevas herramientas para la investigación y el tratamiento de enfermedades. Pero cada una de esas aplicaciones requiere validación, integración y evaluación.

El gran desafío será construir equipos donde ingenieros informáticos y médicos trabajen juntos, avanzando una aplicación a la vez. No existe “la IA en salud” como una solución única. Existen múltiples aplicaciones de inteligencia artificial que deberán demostrar, cada una, qué problema resuelven y cuánto valor agregan.

La IA es una palabra grande y una tecnología poderosa. Precisamente por eso debemos evitar que se convierta también en una gran promesa vacía.

No es la solución a los problemas de la salud. Es una herramienta que puede ser extraordinariamente útil para enfrentarlos.

Pero, como ha ocurrido con tantas otras tecnologías a lo largo de la historia de la medicina, habrá aplicaciones que prosperarán, otras que serán modificadas y algunas que terminarán guardadas en un cajón.

La prudencia no significa frenar la innovación. Significa innovar con conocimiento, evidencia y sentido práctico.

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